Tendría 16 años más o menos.
Durante unos meses me había estado preparando para una competencia entre
alumnos de distintos colegios. Se armaban grupos de tres personas que
representaban a un país y uno de los tres era el embajador.
Me tocaba ser la embajadora de
Egipto y estaba nerviosa. Entre otras cosas, mi papá nos había llevado de
aventura dos o tres veces a la embajada egipcia en Capital a pedirles información
que pudiera sernos útil.
Unos días antes de que arrancara
la competencia me empecé a sentir mal y tuve algunos problemas en la piel.
Exactamente un día antes me
diagnosticaron una enfermedad fea, rara y que podía ser grave si no me cuidaba
mucho. No había ningún remedio que pudiera tomar y no me dejaban levantarme de
la cama salvo para ir al baño (rápido). Todo eso podía durar un mes, un año o
más, era incierto.
Cuando llegué a casa estaba mal;
mi papá me había llevado al médico y mi mamá se había quedado cuidando a Facundo,
así que le empecé a contar lo que nos había dicho. Pero estaba muy angustiada y
me puse a llorar sin parar.
Mi mamá me abrazó. Me acuerdo que
estábamos solas en la cama grande. Yo no me podía calmar, estaba muy nerviosa,
agitada, temblaba un poco. No me la había visto venir, tenía miedo, pensaba en
mis compañeros, en la profesora, en el colegio y en cuándo me iba a curar.
Mi mamá, que hacía un tiempo
había tomado clases de yoga, me enseñó unos ejercicios de respiración y recién
entonces me empecé a calmar.
Hace unos días, 13 años después, fui
a mi primera clase de yoga,

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