27 ene 2016

Yoga II

Hoy por primera vez fui a una clase de yoga.
En un momento dado, después de haber hecho distintos ejercicios, la profesora nos pidió que cerrásemos los ojos.
Siempre le tuve un poco de miedo a la oscuridad, y ahí me di cuenta.

A veces cerrar los ojos es quedarse a solas con uno mismo. En la oscuridad.

Yoga

Tendría 16 años más o menos. Durante unos meses me había estado preparando para una competencia entre alumnos de distintos colegios. Se armaban grupos de tres personas que representaban a un país y uno de los tres era el embajador.
Me tocaba ser la embajadora de Egipto y estaba nerviosa. Entre otras cosas, mi papá nos había llevado de aventura dos o tres veces a la embajada egipcia en Capital a pedirles información que pudiera sernos útil.
Unos días antes de que arrancara la competencia me empecé a sentir mal y tuve algunos problemas en la piel.
Exactamente un día antes me diagnosticaron una enfermedad fea, rara y que podía ser grave si no me cuidaba mucho. No había ningún remedio que pudiera tomar y no me dejaban levantarme de la cama salvo para ir al baño (rápido). Todo eso podía durar un mes, un año o más, era incierto.
Cuando llegué a casa estaba mal; mi papá me había llevado al médico y mi mamá se había quedado cuidando a Facundo, así que le empecé a contar lo que nos había dicho. Pero estaba muy angustiada y me puse a llorar sin parar.
Mi mamá me abrazó. Me acuerdo que estábamos solas en la cama grande. Yo no me podía calmar, estaba muy nerviosa, agitada, temblaba un poco. No me la había visto venir, tenía miedo, pensaba en mis compañeros, en la profesora, en el colegio y en cuándo me iba a curar.
Mi mamá, que hacía un tiempo había tomado clases de yoga, me enseñó unos ejercicios de respiración y recién entonces me empecé a calmar.
Hace unos días, 13 años después, fui a mi primera clase de yoga,

Y me acordé de esto.


Todo no se puede


Es temprano, está fresco. Vamos en taxi, Emi y yo, con un bolso y las camperas. Estamos en camino al hospital. Es su quinta internación, tal vez la última, tal vez no. Otra de tantas incertidumbres que, para ser sincera, a esta altura ya no me desvela.
Nos despertamos hace una hora, pero estamos cansados. Es un cansancio raro, que no viene del cuerpo sino de otro lado. Ninguno de los dos lo dice, pero los dos sabemos de ese cansancio.
El taxi se desplaza y yo miro la ciudad con otros ojos. Veo cosas que no conocía, aunque el camino sea el mismo que hice ya muchísimas veces. Por momentos siento que estoy en una película o en una novela. Aunque no entiendo bien todavía de qué viene la cosa. Si mi vida fuera una película, todavía no estoy segura de si sería un drama, una comedia, o algún invento del cine independiente que cuando se termina nadie está muy seguro de qué fue exactamente lo que quiso transmitir.
Yo también tengo mis luchas, mis batallas. Están las de todos los días y las que vienen desde antiguo. Las que enfrento sola y las que sobrellevo acompañada. Por suerte, en muchas estoy acompañada; con un compañero que me agarra del brazo cuando me estoy por caer, o con todo un ejército que me cuida las espaldas de una forma inexplicable. Algunas de las más complicadas, son contra mí misma. Varias, sé que van a durar todo lo que dure mi vida.
Avanzamos en el taxi, y –efectivamente- siento que voy a dar batalla.
Siempre me gustó pisar sobre seguro, y si bien en la vida no se puede estar seguro de nada, creo que en esta llevo las de ganar. Se me ocurre pensar que es una carrera de resistencia, gran parte del éxito consiste en aguantar lo que dure, un poco más.
La canción que suena en la radio que sintonizó el chofer, dice “y aunque todo no se puede, voy a dar lo que me quede…y que dure para siempre…” y yo pienso que es así, todo no se puede pero yo voy a dar lo que me quede.
Son las 8 y media de la mañana, y la sensación es rara. No sé qué estará pensando o sintiendo Emi, pero yo sólo sé que aunque esté cansada, todavía tengo cosas para dar.