que existiera una época de mi vida
en la que cuando cruzaba las calles
me naciera, así, espontáneo
un deseo un poco morboso
y un poco hermoso
de que me atropellara un auto.
Nunca se me ocurrió
ninguna otra muerte
o suicidio
más que el azar,
o yo,
interviniendo
y decidiendo
el destino.