Aceptar las ausencias no significa no extrañar.
Y aunque los duelos evolucionen, yo sigo sin saber qué hacer con las ganas de compartir con quienes ya no están.
Emi, mi tía, mis abuelos.
El deseo de contarles cosas, de que me contengan en sus abrazos. De agarrarles la mano. De mirarlos a los ojos y recibir una sonrisa de vuelta.
El tiempo y el espacio.
La descendencia.
Lo heredado.
La compañía y la soledad.
El silencio y el trajín.
La mente en movimiento.
La quietud.
Y después de todo eso,
no sé.
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