30 ene 2020

El barco

Es de noche y el auto avanza tranquilamente paralelo a la rambla.
Yo pienso en vos y, otra vez, en todas las cosas que no entiendo.

En el horizonte oscuro del mar se ve una luz que destella, un barco lejano.
Mientras lo miro, se me viene esta idea a la cabeza: qué haría si alguien me prometiera que si llego hasta allá remando, en ese barco luminoso y distante como una postal, nos reencontraríamos.

No se me escapa lo absurdo de la cuestión, pero mi imaginación a veces juega sola.

Intenté concretar esa idea en mi mente.
Pensé en la noche negra y profunda (la noche y su silencio me asustan desde que soy chica).
Pensé en el camino interminable, en sus olas amenazantes y el cansancio agotador.
Pensé en la soledad del mar, en el miedo y en la posibilidad cierta de no conseguir llegar a destino. Consideré la hipótesis de sentir a mitad del camino que me equivoqué y el deseo punzante de ver otro amanecer.
Me imaginé todo eso y aún así no tuve dudas, me subiría al bote a intentarlo.
(No voy a mentir, me subiría al bote empujada por esa vocecita que tantas veces nos dice en el oído “las cosas buenas deben suceder”. Curioso, yo pensé que estaba muerta).

En eso estaba cuando me di cuenta de que había algo de toda esa odisea inventada que me parecía confortante, pero no entendía qué.
Después me di cuenta, eran dos cosas.

La primera, saber que sigo siendo fuerte.
Porque si después de todo lo qué pasó (después de haber remado en la oscuridad sin ninguna garantía durante todo ese tiempo repleto de desesperación e incertidumbre) podría hacerlo de nuevo, significa que tengo adentro mío mucha más fuerza de la que pensaba.

La segunda, otra cosa grandiosa.
Darme cuenta de que, justo yo,
que vivo llena de miedos

puedo matarlos con amor.

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